Ochenta años del braille en venezuela (1934 – 2014)

Regletas de varios diseños y punzones (foto de Wikipedia). El 31 de marzo de 1835 el Capitán de Artillería francés Charles Barbier de la Serre (1767 – 1841) le escribió una carta a Louis Braille (1809 – 1852) elogiando su invento. Aun cuando no lo expresa en la correspondencia, se ufanaba el oficial retirado por haber servido su Escritura Nocturna como base e inspiración al joven inventor, también francés.

Pocos halagos y reconocimientos recibió Braille en vida como el del Dr. Alexander Pignier, en ese entonces director de la Institución Real de Jóvenes Ciegos de París quien, apenas conoció el Sistema, lo envió al Ministerio de Educación de Francia para su reconocimiento oficial, el cual tardó 30 años. Cuando este reconocimiento se produjo ya el sistema se había adoptado para la educación de las personas ciegas en Brasil, primer país latinoamericano en reconocerlo, al punto que su Emperador Pedro I colaboró económicamente en la construcción de la primera imprenta braille fabricada en París. Hacía dos años había fallecido el inventor.

El segundo país latinoamericano que reconoció el braille fue Argentina. Después de otros países lo hizo EE. UU. en 1917. A Venezuela llegó en 1934, hace ochenta años. Lo introdujo el comerciante griego judío Sefardí Mevorah Florentín, quien comenzó enseñándolo a ciegos mendigos por simple curiosidad. Se había traído de París dos pizarras y papel para su uso personal, más unas planchas de zinc con el alfabeto para mostrarlo. Con ese material comenzó su enseñanza. Atendía de dos en dos hasta que el empresario gráfico Juan de Guruceaga compró más material de su bolsillo.

Este gesto de Guruceaga motivó a Florentín a realizar lo que ya había pensado cuando vio a cinco jóvenes ciegos leer y escribir braille: dejar el comercio y dedicarse a la educación y asistencia de personas con discapacidad visual. En el Instituto Venezolano de Ciegos que logró fundar los alumnos utilizaban el material didáctico en calidad de préstamo; esto es, cuando egresaban tenían que dejarlo. Las instituciones que han venido surgiendo no han podido proveerse del material para continuar prestándolo. Son pocas las personas que lo han podido adquirir. Como es importado, resulta costoso.

De todas maneras, las personas ciegas y de baja visión han podido superarse y están formando parte del conglomerado activo del bien del país. Ello es gracias al braille, que desde hace 80 años, es base indispensable en la educación y cultura de una población que, por sobre su discapacidad, desea integrarse a la comunidad como personas útiles y actuantes. La necesidad de unirse para ayudarse mutuamente originó las instituciones que, dispersas a lo largo y ancho del territorio nacional, están cooperando con la inclusión de sus afiliados al quehacer nacional en igualdad de oportunidades y derechos.

Louis Braille abrió la ruta y Mevorah Florentín la extendió a Venezuela hace 80 años. Como expresa la Tifloeducadora Pilar Malavé de Montaner en una canción:

Abierta la ruta, nuestro pensamiento podrá florecer
vamos adelante por esos caminos, que el genio en su sueño nos dio a conocer.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en Signo Generador, órgano Divulgativo del Consejo Venezolano del Braille, año 13, número 9, marzo 2014.


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