Fiesta de puntos

En Caracas, un día cualquiera, a una hora cualquiera… ¡en el Metro!

Estamos a punto de ver un evento incomparable pues ya he tomado mi tren hacia la estación de destino: La Estación de los Puntos Felices.

El viaje ha sido agotador hasta el momento porque me han hecho esperar, me han empujado, me han espachurrado y miles de otros …ados. Sin embargo, interiormente, me siento feliz, muy feliz.

El señor que está a mi lado no deja de roncar. Está sentado como si más nadie estuviera por ahí. Espernancado, brazos cruzados, boca abierta, gorra en la cabeza. ¡Qué cosas! El individualismo nos consume, nos carcome. Me voy a hacer un poco el loco y miraré para otro lado. Me acomodaré bien apretadito para que nadie me tropiece mi me arrugue.

Disculpen, no me he ni tan siquiera presentado. Soy Semirredondo. Me pusieron ese nombre porque soy una media esfera. Nací así. Un poco incompleto. Mi mamá y mi papá eran redonditos, redonditos. Yo nací con una discapacidad: soy sólo medio cuerpo. Les explico, soy redondito arriba y planito por debajo. Eso hace que mis desplazamientos sean un poco difíciles, porque no ruedo como mamá y papá.

  • ¡Epa, señor! ¿Podría darme un ladito? Me está aplastando muy fuertemente y voy a llegar moradito a la Estación de los Puntos Felices. Mire, tal vez no me reconozcan después de este largo viaje.
  • Disculpe amigo, no me había percatado. Estoy tan agotado que me quedé rendido y, a decir verdad, cuando entré, el vagón estaba vacío. Disculpe. Gracias por advertirme. No se puede ser tan mal educado en estos días.

El tren continúa su marcha por unos minutos más y ¡al fin! Estación de los Puntos Felices, anuncia la voz femenina por los altoparlantes del tren.

Me acomodo, me enderezo muy bien mi corbata de lacito a cuadros. Me dispongo a salir en medio de la multitud cuando el señor que durmió a mi lado me dice muy amablemente:

  • ¿Te puedo ayudar?
  • Sin lugar a dudas, respondí rápidamente.

  • Vamos. Dime cuál es tu destino final y allí te dejo. Esta Estación está siempre muy alegre pues los Puntos Felices la invaden y no dejan de saludar, reír y caminar a toda prisa.

  • Gracias, le respondí. Fuimos juntos hasta la parada y allí me quedé, tranquilo a la vez que emocionado pues había llegado por vez primera a la Ciudad de los Puntos Felices.

  • ¡Qué hermosa! Lo único que podía apreciar eran puntos de todos los tamaños, de todos los colores, de todas las texturas. Puntos que cantaban, saltaban, trabajaban. En fin, puntos muy útiles y preciosos.

    Yo me sentí un poco triste en ese momento, pues tomé conciencia de lo importante que era para esos puntos su redondez. Podían brincar y saltar hasta donde quisieran. Podían rodar libremente por todos los sitios. Pero yo… yo estaba atrapado en lo plano de mi cuerpo.

    Cavilando en eso estaba cuando, sin saber de dónde llegaron cinco hermosos puntos igualitos a mí. Tenían la misma discapacidad. Era la primera vez que los veía. Yo siempre había pensado que era único en mi especie. Pero no. Había cinco más, igualitos a mí.

    Sin mediar más palabras nos presentamos y cuando les dije que me llamaban Semirredondo se pusieron las manos en la cabeza. – ¿Cómo? —dijeron al unísono.

    Avergonzado, les dije que bueno, mis padres eran redonditos pero yo, era medio redondo y medio plano. Añadí a la descripción el gran amor y aceptación de mis padres lo cual me hacía sentir menos triste. También les dije que yo había ido a la escuela y compartimos muchas anécdotas y añadí:

    • Ahora estoy solo. Mis padres partieron al cielo. Tengo que buscar mi sustento y la manera de vivir y de ser útil.

    Eso los entristeció mucho, pero no impidió que siguiéramos jugando, hablando, conociéndonos.

    Exhaustos después de tanto conversar y jugar nos fuimos a la casa de los cinco hermanitos gemelos que eran igualiticos a mí. Nos recibieron sus padres con un abrazo.

    • Mamá, mamá —dijo Uno. Este es nuestro nuevo amigo. Viene de la Ciudad de las Esferas. Sus padres fallecieron y el está muy triste por eso. Sin embargo, quiere trabajar y ser útil a la sociedad. ¿Puede quedarse con nosotros?
  • Claro que sí, dijo la mamá después de haberle preguntado a papá. Si está solito en el mundo, puede compartir en este hogar. Además, veo que ustedes seis son todos físicamente iguales.

  • Muy contentos compartimos nuestras vidas en la Ciudad de los Puntos Felices. Mas un día…

    Caminando por la calle iba un punto que más bien parecía una gota larga, como hecha de gelatina que caminaba dando tumbos y tropezándose con todas las cosas.

    Nos acercamos sigilosamente y él se asustó un poco.

    Le dijimos: – No tenga miedo señor punto. Somos los seis hermanitos Medio Punto. ¿Cómo se llama usted? No lo habíamos visto antes.

    • Me llamo Gota Larga. Me quedé ciego hace un tiempo por causa de la mala alimentación y algunos otros excesos. Me descuidé y no fui al médico a tiempo. Así que me recomendaron que viniera a la Ciudad de los Puntos Felices, pues aquí encontraría paz y sosiego.
  • ¿Y ha encontrado la paz y el sosiego aquí? —preguntó uno de mis hermanos.

  • A decir verdad, sólo de noche, cuando todos los puntos parecen estar dormidos. De resto, saltan y saltan tanto que me da miedo salir a la calle.

  • ¿Y usted sale solo a la calle? ¿No le da miedo?

  • Salgo solo y sí, me da miedo. No mucho, porque ya me estoy acostumbrando. Gracias a Dios tengo muy buen oído.

  • Díganos a dónde va que lo acompañamos.

  • Voy a la Biblioteca Central. Me espera una gran amiga que siempre me lee libros de cuentos, novelas, poesías. Ahorita estoy leyendo uno que se llama Transformando nuestras vidas de una escritora alemana.

  • Y, ¿cómo haces para que te lean? A mí me gustaría leerte un cuento, tal vez o una poesía. Me encanta leer y escribir, dije con tono entusiasta.

  • Hago una cita con la persona que me lee. No siempre es la misma.

  • ¿Y qué pasa si quieres leer en tu casa, en el parque, en cualquier otro lugar? ¿Y escribir?

  • Ahí si que se me complica un poco la cosa. Yo no era un gran lector en mis tiempos de visión. Tal vez ahora he aprendido a valorar las experiencias y las enseñanzas que nos transmiten los libros. Y escribir, no… ¡He perdido esa capacidad! Antes escribía cartas de amor, una que otra nota a mi familia… Ahora, todo lo llevo en la mente, nada más.

  • Pero, ¿no hay una forma de que puedas volver a leer y a escribir cada vez que te provoque?

  • No por lo pronto.

  • Salí triste de ese encuentro. Sin embargo, muy inspirado también.

    Decidí remontarme a años anteriores y allí tuve un grandioso y fantabuloso encuentro. ¿Adivinan? ¡Sí! Con nada más y nada menos que el mismito Luis Braille en persona. Guao. Fue muy impactante.

    Cuando le conté mi historia y la de mis hermanitos que me acompañaban decidió explicarnos lo siguiente:

    • Ustedes son seis, ¿verdad?
  • Sí, respondimos al unísono.

  • Bien. Los voy a organizar en dos filas, tres de ustedes a la derecha y tres a la izquierda. A ver, a ver.

  • Al principio quedamos todos torcidos. Como cada uno de nosotros quería ser el primero nos empujábamos y nos movíamos todo el tiempo. Así que Luis Braille, muy serio nos dijo:

    • Niños, medios puntos… Todos son importantes. Si falta uno de ustedes no podremos completar palabras y mucho menos oraciones o narrar historias. Así que orden, orden.

    Nos preguntó: – ¿Cuál de ustedes es el mayor? Salí adelante. – Yo, -respondí muy serenamente. Era el mayor de todos y eso lo había descubierto el día que me adoptaron los padres de mis cinco hermanitos, quienes habiendo entendido la importancia del orden, antes de que les dijeran algo se enumeraron.

    • Muy bien, dijo Braille. Ahora Uno, Dos y Tres se colocan uno detrás del otro a mi izquierda. Cuatro, Cinco y Seis, igualmente, pero a mi derecha.

    Qué lindos nos veíamos. Alineaditos, ordenaditos. La sombra reflejada hacia nuestra parte plana. Parecíamos más grandes, más gordos. Estábamos muy unidos. Nos sentíamos útiles aún sin saber el final de esa forma de ubicarnos.

    Braille con voz grave nos dijo: – Así, unidos como están y en ese mismo orden se llaman Signo Generador. Cada uno de ustedes conservará ese orden cada vez que los necesiten. Para formar las letras, sin embargo, van a participar sólo algunos de ustedes. Así que fíjense bien. De la letra ‘a’ a la letra ‘j’ sólo van a trabajar Uno, Dos, Cuatro y Cinco. Tres y Seis se pusieron muy tristes. ¿Qué será de nosotros? —pensaron.

    Las letras de la ‘k’ a la ‘t’ apartando la ‘n’ van a ser iguales a las anteriores, pero, ahora sí que tiene trabajo Tres.

    Seis se puso a llorar desesperadamente. No sirvo para nada. Estoy triste. Mejor me voy. A él se unió la letra ‘ñ’ quien se había sentido muy defraudada por haber sido sacada del alfabeto español, sin más ni más. —Con lo importante que soy, pues muchas palabras sin mí no existen, empezando por español, España, maña, mañana, maraña… -Buh, buh, buh, -gemía.

    Tranquilos, tranquilos. Ambos son muy importantes. Lo que pasa es que vamos por partes. Ya va. Ya va. Un momentito —dijo Luis.

    Se secaron las lágrimas y se sacudieron la nariz. Cada uno puso atención al proceso que cada vez parecía más divertido.

    -Ahora, a partir de las letras de la ‘k’ a la ‘t’ vamos a formar la ‘u’ y la ‘v’ añadiendo el seis. Y así seguimos toda la tarde. Jugando, saltando intercambiando lugares, pero siempre ordenadamente.

    Al finalizar el día, Luis Braille nos dijo muy serenamente:

    • Es importante que ustedes hayan realizado esta visita al pasado. Han aprendido lo que se llama el sistema de lectoescritura braille. Ustedes, Seis medios puntos, quienes se sentían diferentes, con discapacidad, sin valor tal vez, han adquirido otro significado. Si se ordenan como les enseñé y le dicen a Gota Larga que los toque, poco a poco él aprenderá a descifrarlos y aprenderá a leer. También a escribir.

    Alegres corrimos hacia la nave que nos había transportado. No sé si ya se los había mencionado, estoy tan emocionado porque de verdad quiero llegar a los dedos de Gota Larga.

    Al fin, de nuevo en la Ciudad de los Puntos Felices, buscamos a nuestro amigo ciego. Le fuimos enseñando poco a poco la importancia y el significado que habíamos adquirido. Al mismo tiempo, él descubrió en la Biblioteca Central que esos grandes libros que la bibliotecaria Pink Bubble le decía que no tenían letras estaban hechos por miles de nosotros. Empezó a solicitarlos en préstamo y poco a poco fue aprendiendo a leer. Lo ayudábamos cada día, hasta que llegó el profesor Circle y su esposa. Entre ambos lo fueron enseñando no sólo a escribir y leer mejor. También lo fueron llevando por distintos sitios de la ciudad y nuestro amigo Gota Larga iba aprendiendo a sortear obstáculos, orientándose por los sonidos.

    Nosotros nos poníamos, cada día, debajo de sus dedos junto a nuestros nuevos amigos para que nos hiciera cosquillas en la barriguita.

    Todos aprendimos a compartir y a valorarnos. Cuando Gota Larga pasaba por el parque saludaba a los miles de Puntos Felices de todos los colores, de todos los tamaños, de todas las texturas. Pero, sobre todo, nos buscaba cada día para tocarnos y acariciarnos. Más de una vez lo vimos llorar o reír a nuestro contacto.

    Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. El que no busque barriguitas se queda pegado.


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